¿Cómo sobrevivían?

La piedra pulida

Mientras los grupos humanos vivieron de la caza, la piedra tallada ofreció buenos resultados, aunque tenía el problema que, una vez gastada la herramienta, no se podía volver a reavivar el borde. Por ello, cuando aparecieron los primeros campesinos, con tareas mucho más largas como la tala de bosques para convertirlos en campos de cultivo, o la propia tarea de cavar la tierra para sembrar, fue necesario inventar una nueva técnica para la fabricación de instrumentos; la piedra tallada no servía y se empezó a pulir. Para pulir una piedra, no hace falta una selección tan concreta como en el caso de la fabricación de bifaciales o láminas. Mientras que la roca más utilizada para tallar fue el sílex, en el caso del pulimento, las más utilizadas son la corneana, el porfido y el basalto. Para confeccionar la herramienta, primero se ha de tallar para darle forma. Posteriormente se golpea la superficie hasta que queda homogénea.  A continuación, con el uso de minerales abrasivos se va puliendo para regular la superficie y afinar el filo. Las herramientas resultantes de este proceso eran las hachas, azadas o cinceles, todas ellas tenían que estar preparadas para realizar tareas duras y continuas.  Todas ellas, llevaban un mango imprescindible para cogerlas correctamente y sacarles el mayor provecho posible. Para atar la piedra pulida al mango utilizaban tendones o tiras de piel y resina mezclada con cera a modo de pegamento. Después de muchas horas de trabajo cuando se había gastado el borde del hacha, este se podía reavivar puliéndola de nuevo. Un hacha podía durar muchos años, por ello tenía un gran valor.